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BARBERO… DE CALLE

Por Yrleana Gómez

El paisaje de esta ciudad cambia, se deforma, muta. A veces tumores malignos, a veces un nuevo brazo o pierna que no crece donde debería, pero que a pesar de todo es funcional y “resuelve” el día.

Las dos galletas por un dólar — “deléitate, comparte y disfruta Venezuela” — el Mentos que luego fue chupeta gigante, luego Bianchi, y mañana será otra cosa. Expresiones que pueden resultar molestas a muchos y muchas, pero que forman parte del ecosistema capitalino. Las aceras se han convertido en mercado, tienda, bodega… y también barbería para caballeros.

Así como el hambre vespertina y el antojito dulce tienen su salida fácil, también las ganas de verse bien y satisfacer un poco la vanidad. Son tiempos duros los que vivimos, con poco o ningún espacio para el gasto superfluo, el capricho o el deseo, al menos para un gran número de venezolanos y venezolanas que ven sus rutinas transcurrir en un constante forcejeo para solventar lo cotidiano.

De las crisis se engendran las soluciones más creativas: el barbero de calle cumple con dos objetivos claros y no poco importantes. En primer lugar, brinda una oportunidad de trabajo honesto y lícito al barbero que decide llevar sus implementos y ubicarse en una zona de alto tránsito. Las condiciones de higiene e infraestructura no son ideales para dicha labor, pero una silla de la altura adecuada, una tela que sirva de mantel para colocar la máquina afeitadora, navaja y cepillos varios, y un espejo de buen tamaño, permiten que el barbero cumpla con su jornada sin (mucho) problema; mientras que presta un servicio a la comunidad que lo rodea con tarifas que no se encuentran en locales comerciales del ramo. 

La ciudad se transforma, muta, Se revuelve y palpita… y en cada latido desarrolla un nuevo reto, al cual caraqueños y caraqueñas dan respuesta de la manera más creativa que encuentran. Que lo digan los barberos… de calle.